El 2011 en números…

Un tren subterráneo de la ciudad de Nueva York transporta 1.200 personas. Este blog fue visto alrededor de 3.700 veces en 2011. Si fuera un tren de NY, le tomaría cerca de 3 viajes transportar tantas personas… se puede ver el informe de WordPress en: http://mariospina.wordpress.com/2011/annual-report

A todos ¡gracias por estar!
El Mario

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Doce – [Hoja en blanco]

Esa cálida noche de mediados de noviembre tuvo algo particular. Algo que si bien no me era ajeno, durante horas me hizo sentir ansioso, expectante, irresuelto. Ese algo era el papel en blanco. Lugar en el que he habitado más veces de lo que hubiera deseado. Sitio plagado de voces que me dicen, a veces susurrando, otras implorando y las más gritando: “vamos… despertate que no tengo toda una vida”. El papel como un lienzo virgen que espera la visita del artista, y que cuando lo debe recibir, se niega, también en voz alta. Sigue leyendo

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Once – [El submundo amarillo]

- No le entiendo señor.
- ¿Cómo que no me entendés?
- Es que usted me habla cosas que yo no le comprendo.
- Mirá Maidana, es fácil. Vos bajás al túnel y te fijás si hay alguna rajadura por donde salga agua. Vas caminando desde acá hasta la estación que está debajo de la avenida, vas despacio, mirando todo. Cuando llegás allá das la vuelta y volvés, mirando el otro lado. Siempre tenés que mirar la pared que está a tu derecha. ¿Sabés cual es la derecha?
- La de escribir, señor.
- Bien, nos vamos entendiendo.
- Lo que no le entiendo es eso de caminar al “suoeste”.
- Suroeste, de sur y oeste. No importa, es para allá. ¿Ves para adonde te señalo con mi mano? Ese es el suroeste.
- ¿Y usted sabe de eso porque estudió?
- No pibe, no. Esto no te lo enseñan en la universidad. Lo sé por el mapa y la brújula.
- Bueno, como usted diga. ¿Entonces voy?
- Si, andá. Y mirá bien todo. Caminá despacio y fijate bien.
- Si señor, voy.
- Maidana.
- Diga señor.
- Llevate una linterna y ponete el casco. Sigue leyendo

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Diez – [Horacio, el 3CV rojo y la flaca]

- Hola.
- Buenas tardes. Llamo por el aviso del Citroën 3CV.
- Sí, decime… ¿dónde lo viste?
- En Segundamano, en la web.
- Bueno, entonces viste las fotos.
- Sí, se lo ve lindo. ¿Cuántos kilómetros tiene?
- Te cuento. Desde que lo restauré (le hice motor a nuevo, chasis, chapa y pintura, tren delantero, frenos e interior completo) tiene diez mil kilómetros. Está una pinturita, mejor que cero. Rojo brillante, con los guardabarros negros y un detalle negro en las puertas, tiene capota nueva y estéreo con radio y pasacasetes.
- ¿Y de papeles?
- Soy titular, no debe nada, además ya no paga patentes es modelo 78 pero parece 2010, está radicado acá en Buenos Aires.
- ¿El precio se puede conversar?
- No. Son cinco mil dólares en efectivo. No acepto cheques ni permutas. Solo dólares billete.
- Es un poco saladito, vi otros…
- Mirá flaco, este Citro es único, yo sé lo que te digo. Te va a llevar muy lejos. Sigue leyendo

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Nueve – [En el nombre de Dios]

- Ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
- Amén.
- Gracias por estar presentes hermanos. Recuerden que el domingo realizaremos la Santa Misa en la plaza, luego de la procesión por el aniversario de nuestra Santa Patrona, los espero allí. Ahora pueden retirarse en paz.

El Padre Juan, sacerdote ordenado en 1959, estaba a cargo de la Iglesia de Colonia General Paz desde mediados de 1977. Había sido elegido para esa responsabilidad por el Obispo Igarreta, ambos eran fieles a la Obra de Dios, organización defensora de la moral y las tradiciones cristianas.
La comunidad de fieles, que había sido muy numerosa, año tras año disminuía en cantidad ante el crecimiento de las Iglesias Evangélicas. Esto no sucedía solamente en la Colonia, era una constante que se repetía en casi todas las ciudades del interior, y había sido motivo de más de una reunión entre obispos y sacerdotes con iglesias a cargo. Sigue leyendo

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Ocho – [Ensaimadas con café doble]

Ruta camino a Rosario, diez de la mañana de un día lluvioso, frío, húmedo. Uno de esos días en los que hubiera preferido quedarme en la cama, acurrucado junto a la morocha, mezclándome entre sus rulos. Pero bueno, nunca es triste la verdad lo que no tiene es remedio, y hoy más que nunca siento que es una de esas verdades absolutas. ¿Por qué? Y qué se yo. Lo siento de la misma manera que siento el frío y el motor del auto en la planta del pie derecho, la del acelerador.

Cartel de máxima 80, se viene el peaje de Zárate. Tres con treinta, tengo cincuenta mangos, espero que tengan cambio, no tengo ganas de esperar. Lo que quiero es llegar a San Pedro, al Automóvil Club de Río Tala, a tomarme un feca doble con una ensaimada rellena de crema pastelera. Huuumm, se me hace agua la boca. Todavía faltan casi cien kilómetros, poco menos de una hora, espero que queden ensaimadas. Si no hay, le voy a dar a un sacramento relleno de crudo y queso, tostado.

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Siete [Ramírez, uno más de los nuestros]

- Hay algo que no entiendo.
- ¿Dijo algo Ramírez?
- Si, disculpe señora, pensaba en voz alta.
-¿Lo quiere compartir con los demás?
- La escuchaba y mientras pensaba en la privacidad de esos supuestos dos millones de “amigos”, como los llama. ¿No estaríamos invadiéndolos con una campaña en esa red social?
- Ramírez… Ramírez… ¿Acaso usted vive en otro mundo? Cuando usted mismo armó su perfil en la red autorizó el uso de sus datos. ¿Acaso me va a decir que no lo sabe?
- Yo no autoricé nada.
- Sí, lo hizo al hacer “click” en donde dice “aceptar las condiciones”.
- Yo no hice “click” en ningún lado.
- Claro, el señor tiene su “perfil” en esa red sin haber aceptado las condiciones.
- Es que yo no tengo ningún perfil, salvo el de mi propia cara.

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Seis [En la 221]

- Te llamé para proponerte algo que pienso te va a gustar
- Contame
- Mirá, el martes, pasado mañana, necesito borrarme un par de horas, por eso pensé en vos.
- ¿Borrarte? ¿De dónde?
- Del recorrido, a eso de las 10 de la mañana. Voy a estar volviendo desde Camet, salgo a las 9:38. Para las 10 voy a estar pasando por el Casino.
- ¿Querés que te reemplace en el bondi? ¿Estás en pedo? Nunca manejé algo más grande que el Renault 12 de mi primo.
- Es fácil. Acordate que hace un tiempo me dijiste que te gustaría manejar el colectivo ¿te acordás?
- Sí, te lo dije. Como se dicen muchas cosas. También te conté que siempre tuve fantasías con una monja, y no por eso me meto en un convento a perseguir a alguna. Además, ni conozco el recorrido.
- Mejor. Te vas a divertir más.

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Cinco [Miedo, ansiedad, calor...]

Miedo, ansiedad, calor, sequedad, vértigo, sopor, palpitaciones, calor, ansiedad, sopor, sequedad, vértigo, palpitaciones, miedo. Y de nuevo, todo a la vez, cada vez más intenso, más fuerte, más doloroso. Así, sin orden preestablecido, al mismo tiempo, como latigazos sobre mi maltrecho cuerpo. Desde los pies, hasta la cabeza; desde la punta de las manos, hasta la columna. Como llamas que me calcinan, como hogueras que me secan, como ríos que me ahogan. Hielo sobre mis labios, fuego sobre mis palmas, sed, dolor, miedo. Sensaciones que nunca antes viví y que ya forman parte de mi realidad, de esta cruel realidad que me lleva hacia el fin. Minutos que parecen días. Ahogo. Estoy atrapada en un mundo, mi mundo, sin lugar para respirar, sin espacio para ocupar. Miedo, ansiedad, calor, sequedad, vértigo, sopor, palpitaciones, calor, ansiedad, sopor, sequedad, vértigo, palpitaciones, miedo. Caída libre, vértigo. ¿Hacia dónde? ¿Hay algo después, más allá? No sé, realmente no sé. Sólo puedo sentir, dejarme llevar, abandonarme a mi destino.

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Cuatro [Amigas]

Siempre cuando necesito descansar, a esta pesada se le ocurre que haga algo. Esta historia ya me está cansando. O acaso ella no descansa cuando tiene ganas. Bien que cuando vuelve de trabajar lo primero que hace es echarse en el sofá a mirar la caja boba. Yo en realidad no sé que le encuentra a ese maldito aparato, que es como una ventana pero sin olores, ni sabores, en donde todo se ve ficticio y chato. Está allí por horas, dele que dele al botoncito, hasta que viene él y empiezan a discutir. Y si no está con esa ventana de mentira, está con la otra, con la que se ríe, escribe, habla, la mira y escucha música. Bueno, si a eso se le puede llamar música. Es como si le faltara una parte de su oído interno. Todo es estridencia, todo lo que escucha es molesto, agudo. Yo no sé por qué no sale a caminar, a disfrutar del sol, del parque, de los árboles, a correr pájaros viendo como se elevan en el aire.

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Tres [Milicos eran los de antes]

- ¿Objetividad me pedís? ¿Qué, aprendiste una palabra nueva? Mirá, este bife está seco, y eso no lo puedo ver de manera objetiva. Me lo voy a morfar yo  yo igual a sujeto, y este sujeto piensa subjetivamente  y para mí es una suela de ojota. Por favor lleváselo al que lo convirtió en un fósil que soportó la erupción del Vesubio y traeme otro que esté más cerca de hacer “mú”.
- Bueno… parece que la noche no fue buena. ¿Qué le pasó? Se levantó y se miró al espejo?
- No, en mi casa no tengo espejos. Tengo miedo de enamorarme de mi mismo. Andá, y traeme un cuarto de tinto y soda. Y un poco de hielo.
- Buenassss, provecho.
- Hola Carlitos. Vení, sentate. ¿Me acompañás a comer?
- Cafecito nomás
- Un café en jarrito Morales, con sacarina.
- Gracias Pablo. Mirá que no tengo un mango. Vine porque te quería hablar.
- No te preocupés, por ahora el bolsillo me da para invitar un feca. Decime.
- Sabés. Estaba pensando en lo del otro día, ¿te acordás de lo que hablamos?

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Dos [Ella, él y...]

Pensar que sólo fue mentira es, quizás, lo más sencillo. Abandonarse en la comodidad de la negación me hace bien; bueno, quizás eso quiero creer para no enfrentar la realidad. Pero ¿cuál es la realidad? ¿La del mundo de todos los días, la que vivo en la calle, en mi casa, en mi soledad? O es la que viene a mí cada noche, en cada sueño, en lo más profundo de mi inconsciente. Esa realidad, tal vez irreal, que me acompaña con su caricia aliviadora, que cura mi angustia y esta maldita opresión que me perfora el pecho. Voy a tener que ir al médico. Con una pastillas seguro se me pasa, debe ser el cansancio. “Muchas horas dedicadas al trabajo” me dijo un taxista, con la sabiduría ganada en cada esquina, en cada semáforo, con cada bajada de bandera.

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Uno [Nueve segundos]

De nuevo los mismos pasos, como cada noche. Ese sonido hueco, seco, que me aturde y me penetra hasta los más profundo de mi cabeza. Ya los he contado una y otra vez; son treinta y siete golpes contra el piso de madera y luego, el silencio. Un momento en el que nada se escucha, vacío total, oscuridad, que dura exactamente el tiempo que me lleva contar hasta nueve, con el ritmo de un segundero. Nueve segundos que se hacen minutos interminables; porque ya sé lo que sigue. Treinta y siete pasos firmes, seguros; luego el mismo silencio, por otros nueve segundos; y de nuevo la misma repetición mecánica.
Recién logro salir de esta secuencia cuando siento el sonido de la barrera, y luego el traqueteo de las ruedas de algún tren sobre las vías, en el paso a nivel cercano a mi habitación. Siempre me despierto con el sonido monótono, constante, rítmico del metal contra el metal. Así cada noche, cada media hora, desde que me logro dormir, y hasta que el sol penetra por la pequeña ventana enfrentada a mi cama.
Para qué me quiero despertar cuando recién amanece, si no hay nada que hacer. Ya no tengo motivos válidos para comenzar el día a esta hora, a esta maldita hora, en que los sueños se alejan de mí. Tan sólo quisiera poder dormir una noche completa, sin pasos, sin silencios, sin trenes y sin sol. ¿Cuándo van a poner una cortina, o un cartón, o algo oscuro que impida que la luz me despierte tan temprano?
Hace frío, mucho. La calle está casi desierta, en un rato sale el sol y comienza la vida de todos los días. En la radio, Misty (qué dulce la voz de Ella). ¡Esta maldita calefacción que no logra entibiar el interior del auto! Quiero llegar, faltan unas cuadras. Tengo sueño. Debería haber vuelto antes pero no quería, las horas pasaron sin darme cuenta.
Después de veinte años estaba igual. En realidad la encontré mucho más interesante, la edad le hizo muy bien. Su sonrisa, su mirada, sus manos, esa forma de hablar mirando directo a los ojos; no sé si será el producto de su madurez o tan solo mi deseo de estar cerca de su piel como antes, de sentir su respiración con olor a canela, que me hacen verla como alguien inalcanzable, casi irreal. Vuelven recuerdos de ese año en la facultad, cuando todo eran ideales, utopías, tardes ardientes en su habitación, entre libros, besos y café. El tiempo pasó, nos pasó, nos llevó a ser lo que hoy somos, dos extraños que sin saberlo se desearon más de lo que supieron vivir. ¡Qué boludo que soy! No le pedí el teléfono. Todo fue tan de sorpresa. Nunca me imaginé volver a verla. La busqué durante un tiempo, se había ido de la ciudad. Una nueva casa, un trabajo, algunas parejas. A la librería entré de casualidad, y ella estaba allí, revolviendo la mesa de ofertas, como antes, de la misma forma en que lo hacíamos juntos.
¿Qué es eso? Me mira, se quedó inmóvil en la calle. Frenos, volantazo para no atropellarlo. El maldito poste.

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