De nuevo los mismos pasos, como cada noche. Ese sonido hueco, seco, que me aturde y me penetra hasta los más profundo de mi cabeza. Ya los he contado una y otra vez; son treinta y siete golpes contra el piso de madera y luego, el silencio. Un momento en el que nada se escucha, vacío total, oscuridad, que dura exactamente el tiempo que me lleva contar hasta nueve, con el ritmo de un segundero. Nueve segundos que se hacen minutos interminables; porque ya sé lo que sigue. Treinta y siete pasos firmes, seguros; luego el mismo silencio, por otros nueve segundos; y de nuevo la misma repetición mecánica.
Recién logro salir de esta secuencia cuando siento el sonido de la barrera, y luego el traqueteo de las ruedas de algún tren sobre las vías, en el paso a nivel cercano a mi habitación. Siempre me despierto con el sonido monótono, constante, rítmico del metal contra el metal. Así cada noche, cada media hora, desde que me logro dormir, y hasta que el sol penetra por la pequeña ventana enfrentada a mi cama.
Para qué me quiero despertar cuando recién amanece, si no hay nada que hacer. Ya no tengo motivos válidos para comenzar el día a esta hora, a esta maldita hora, en que los sueños se alejan de mí. Tan sólo quisiera poder dormir una noche completa, sin pasos, sin silencios, sin trenes y sin sol. ¿Cuándo van a poner una cortina, o un cartón, o algo oscuro que impida que la luz me despierte tan temprano?
Hace frío, mucho. La calle está casi desierta, en un rato sale el sol y comienza la vida de todos los días. En la radio, Misty (qué dulce la voz de Ella). ¡Esta maldita calefacción que no logra entibiar el interior del auto! Quiero llegar, faltan unas cuadras. Tengo sueño. Debería haber vuelto antes pero no quería, las horas pasaron sin darme cuenta.
Después de veinte años estaba igual. En realidad la encontré mucho más interesante, la edad le hizo muy bien. Su sonrisa, su mirada, sus manos, esa forma de hablar mirando directo a los ojos; no sé si será el producto de su madurez o tan solo mi deseo de estar cerca de su piel como antes, de sentir su respiración con olor a canela, que me hacen verla como alguien inalcanzable, casi irreal. Vuelven recuerdos de ese año en la facultad, cuando todo eran ideales, utopías, tardes ardientes en su habitación, entre libros, besos y café. El tiempo pasó, nos pasó, nos llevó a ser lo que hoy somos, dos extraños que sin saberlo se desearon más de lo que supieron vivir. ¡Qué boludo que soy! No le pedí el teléfono. Todo fue tan de sorpresa. Nunca me imaginé volver a verla. La busqué durante un tiempo, se había ido de la ciudad. Una nueva casa, un trabajo, algunas parejas. A la librería entré de casualidad, y ella estaba allí, revolviendo la mesa de ofertas, como antes, de la misma forma en que lo hacíamos juntos.
¿Qué es eso? Me mira, se quedó inmóvil en la calle. Frenos, volantazo para no atropellarlo. El maldito poste.
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