Once – [El submundo amarillo]

- No le entiendo señor.
- ¿Cómo que no me entendés?
- Es que usted me habla cosas que yo no le comprendo.
- Mirá Maidana, es fácil. Vos bajás al túnel y te fijás si hay alguna rajadura por donde salga agua. Vas caminando desde acá hasta la estación que está debajo de la avenida, vas despacio, mirando todo. Cuando llegás allá das la vuelta y volvés, mirando el otro lado. Siempre tenés que mirar la pared que está a tu derecha. ¿Sabés cual es la derecha?
- La de escribir, señor.
- Bien, nos vamos entendiendo.
- Lo que no le entiendo es eso de caminar al “suoeste”.
- Suroeste, de sur y oeste. No importa, es para allá. ¿Ves para adonde te señalo con mi mano? Ese es el suroeste.
- ¿Y usted sabe de eso porque estudió?
- No pibe, no. Esto no te lo enseñan en la universidad. Lo sé por el mapa y la brújula.
- Bueno, como usted diga. ¿Entonces voy?
- Si, andá. Y mirá bien todo. Caminá despacio y fijate bien.
- Si señor, voy.
- Maidana.
- Diga señor.
- Llevate una linterna y ponete el casco.

Balame estaba cansado, realmente cansado. Hacía más de dos años que estaban trabajando en esos túneles y habían avanzado muy poco. Cuando él se hizo cargo de la obra estaban llegando al cruce de la avenida Caseros y la calle La Rioja, ahí donde empieza el Parque de Los Patricios. Hoy seiscientos días después recién estaban en la otra punta del parque, bajo la avenida Almafuerte, llegando al cruce con la calle Uspallata; apenas seiscientos metros de construcción. Eso le causaba gracia, menos de un metro por día, nada. Claro que esta era una conclusión simplista, pensaba Balame, no habían cavado y construido un metro por día de manera constante; la obra tuvo muchas demoras, muchas más de las que se habían planificado y de lo que él mismo hubiera imaginado. A este ritmo, este tramo del subterráneo se inauguraría el día del arquero, y no precisamente un 12 de julio.

Pero lo que ahora le preocupaban eran esas grietas que Benegas -el pibe nuevo- dijo haber visto la noche anterior. Grietas en la estructura de hormigón, “algo más que extraño, el hormigón una vez que fragua no se agrieta”, pensaba Balame.

A la par del reconocimiento visual de Maidana, él mismo bajaría al túnel para efectuar su propia observación. -Seis ojos ven mejor que dos -se decía a si mismo.

- ¡Déjese de joder Balame! La obra no se puede detener. Llevamos más de un año de atraso.

- Mire Doctor, yo entiendo que esto puede tener un costo político, pero si seguimos puede también pasar algún desastre.

- ¿Costo político? ¡Me cortan las pelotas! Esos hacen si seguimos demorando. ¡Sigan adelante! Y no se olvide que estamos en año de elecciones, no se puede parar.

El Secretario del Ministro salió de la improvisada oficina de Balame dando un portazo, se dirigió rápidamente al coche oficial que lo esperaba sobre Almafuerte. Había aceptado venir a ver la obra, y reunirse con el encargado, respondiendo a las llamadas telefónicas que había recibido durante la semana. Balame se había ocupado de que esto sucediera llamándolo más de treinta veces en los últimos tres días.

Las grietas eran más que preocupantes, según lo dicho por Benegas, lo relatado por Maidana y lo que él mismo pudo observar, todo indicaba que algo estaba por suceder; o mejor dicho, algo estaba sucediendo.

Al principio eran solo dos pequeñas rajaduras, en la sección cercana al inicio de la futura estación Hospitales. Durante la última observación -efectuada una hora antes de la reunión con el funcionario- pudieron reconocer treinta y cuatro grietas, en un tramo de ciento dos metros, contados desde el inicio de la estación extendiéndose en dirección noreste. Pero lo más extraño no eran las grietas, sino el líquido azul-verdoso que comenzaba a filtrar desde algunas de ellas.

Balame había llegado al país a los cuatro años de edad. Su padre había muerto en 1969 en una cárcel salvadoreña como preso político; había sido un maestro comprometido con los cambios sociales, apresado durante la huelga general de 1968. Luego de su muerte, y a raíz de la guerra desatada con Honduras en 1969, su madre decidió abandonar El Salvador emigrando hacia el sur, siguiendo un antiguo mandato maya.

Esta civilización creía que después de la muerte el alma emprende el camino hacia Xibalbá, el inframundo. Este mundo subterráneo se encuentra en el sur, y hacía esta tierra emprendió el viaje con su pequeño hijo José, buscando algún significado para la muerte de su esposo, según las creencias de sus ancestros.

José -hoy el Ingeniero José Balame- de cuarenta y cinco años de edad, se había hecho cargo de la obra de este tramo de la línea “H” del Subte de Buenos Aires, contratado por la empresa constructura.

A él lo atraía el mundo que construían bajo tierra. Cada vez que bajaba a los túneles se sentía cómodo, como en su casa, entre los suyos. Tal vez los relatos de su madre tuvieran algo que ver con esto. Ella se ocupó de que el pequeño José conociera la historia y las creencias de su pueblo originario; pero lo que más quedó marcado en su interior es la búsqueda que ella emprendió. Cuando su madre murió, hacía ya veinte años, él se prometió continuar en su camino, y no se detendría hasta dar con el Metnal.

Según sus antepasados mayas, cuando el alma llegaba al inframundo (sureño y de color amarillo) renacía en un individuo de la misma especie, sin ningún recuerdo de su vida anterior. Por eso había estudiado ingeniería, también por eso se había doctorado en arqueología, y por el mismo motivo había buscado este trabajo en el submundo, al sur de la ciudad y embanderado con el color del sol.

Balame era en realidad su apellido mal anotado por el funcionario de migraciones, el real era Balam que en maya quiere decir “jaguar” y que en la misma civilización centroamericana se utilizaba para llamar a unos espíritus protectores de los campos y las cosechas.

El día que llegó a Argentina (un 11 de abril de 1970) en la aduana no había muchas ganas de trabajar, todos los empleados estaban pendientes de lo que ocurría con la misión espacial Apollo XIII, cuando este vuelo casi se convierte en una tragedia al estallar parte del módulo de servicio dejando a la tripulación casi sin combustible, oxígeno y electricidad. Luego al tramitar su residencia, el registro inicial de migraciones pudo más que su acta de nacimiento, y desde ese día fue José Balame (con “e” final, como le gustaba decir, casi burlándose del destino de su apellido).

- Suárez, por favor junte a la cuadrilla, traigan el trépano y las herramientas necesarias para picar la pared del túnel. Vamos a ver con qué nos encontramos tras esas grietas.

- Disculpe ingeniero, pero hace un rato le sugirieron que sigamos adelante. No cree que esto puede traernos problemas.

- Traernos no. Traerme en todo caso. ¡Al carajo con lo que dijo este infeliz! Si él es un títere es su problema, yo no me puedo quedar de brazos cruzados. Sobre mi cabeza no va a pesar una tragedia, me hago totalmente responsable de mis actos.

- Como usted diga. Pero le aviso que no estoy de acuerdo.

- Oka, entendido. Vamos, junte a los muchachos, hay trabajo que hacer.

La cuadrilla emprendió el camino que los separaba desde el acceso exterior hasta el inicio de la zona de grietas, unos doscientos metros. A la cabeza iba Balame, ansioso por descubrir lo que pasaba. En sus pensamientos esta ansiedad se traducía en el deseo de encontrar algún indicio de lo que había venido a buscar a este mundo subterráneo. No podía dejar de pensar en su madre y en los vagos recuerdos que tenía de su padre.

Cuando llegaba a su casa, luego de la jornada de trabajo y militancia, don Pedro -como lo llamaban sus compañeros- siempre llamaba en voz alta a José: “Josecito, ven; ha llegado tu padre”. Esas palabras y la potente, y a la vez dulce, voz del maestro resuenan cada día en los oidos del hoy ingeniero. Es la misma voz que creyó escuchar en estos túneles más de una vez.

José tiene por costumbre descender a “su submundo” cada día, luego que el personal termina su jornada y se retira. Tiene un lugar preferido, al finalizar el andén de la futura estación, en donde se sienta a tomar mate y a escuchar los sonidos del silencio. Este es su lugar, acá medita, se relaja y piensa en el momento en que esta posibilidad se acabe, cuando se inaugure este tramo de la línea. Espera que antes de que ese día llegue haya terminado su búsqueda.

- Por acá Ingeniero. Ahí empiezan las grietas.

- Sí, ya lo sé. Avancemos un poco más, busquen la más grande. En ese lugar comenzaremos.

Caminaron unos veinte metros hasta encontrar una rajadura de un metro y medio de largo, por unos tres centímetros de ancho. De ella brotaba el líquido viscoso, de color azul verdoso que ya habían observado. Balame juntó un poco en un frasco esterilizado que había traído del pañol; luego lo analizaría esperando descubrir algo.

- Muchachos, a romper. Con cuidado, perforan y miran. Vamos despacio a ver si descubrimos que pasa.

Luego de una media hora de trabajar perforando la pared del túnel no habían descubierto mucho. El líquido continuaba saliendo con la misma intensidad. Ahora tenían una perforación de unos dos metros de largo, por un metro de ancho y ochenta centímetros de profundidad.

- Paren muchachos -ordenó Balame. -Mañana seguimos, ya es la hora de terminar por hoy. Vayan a cambiarse. Las herramientas déjenlas ordenadas acá, mañana vemos que hacemos.

- ¿Usted viene con nosotros Ingeniero? -preguntó Suárez.

- No, me voy a quedar un rato. Quiero ver un poco más.

- Le dejo las linternas entonces.

- Gracias Suárez.

- Hasta mañana Ingeniero -el saludo se escuchó de varias bocas a la vez.

- Hasta mañana muchachos. Que descansen.

Balame se quedó un par de horas recorriendo el túnel, mirando cada una de las grietas. Anotó con cuidado las características de cada una y sacó fotos de todas, quería tener un mapa del día de hoy para compararlo en días subsiguientes. El seguía pensando en parar la construcción y sabía que para que lo autorizaran del Ministerio debería documentar lo que estaba pasando, aunque en el fondo sabía que todo esto sería inútil, un año de elecciones podía más que cualquier lógica, por más que esta lógica fuera tan contundente como lo que estaba sucediendo en ese túnel.

Al finalizar su relevamiento alteró la rutina diaria, ese día no se quedó a tomar mate en el andén de su estación; tenía que pasar los datos en limpio, bajar las fotos a su computadora y mandar a analizar la muestra del líquido que supuraba de las grietas. Esto último fue lo primero que hizo.

Si bien la empresa para la que trabajaba tenía un laboratorio de química propio, José prefirió enviar la muestra a un laboratorio privado. En ese laboratorio trabajaba un antiguo compañero de estudios, arqueólogo como él, en el cual podía confiar plenamente.

- Química del Sur, buenas tardes.

- Buenas tardes señorita. Con el Ingeniero Todesca por favor. De parte de José Balame.

- Un segundito, ya lo comunico.

- ¿Balame? ¿El que tenía una plantita en su balcón y no convidaba?

- Hola Todesca, sí, soy yo. Balame el angurriento.

- ¿Cómo andás? Tantos años sin verte.

- Bien, trabajando en el Subte H.

- ¿En qué te puedo ser útil?

- Práctico como siempre, eso me gusta. Mirá, te acabo de enviar una muestra de un líquido viscoso. Necesito saber qué es.

- Alguna pista. Digo, para saber por donde empezar.

- Es algo que está drenando de la pared del túnel que acabamos de construir, sale en varios lugares.

- Okey. Lo investigo y te aviso.

- Lo necesito cuanto antes. Creo que hay que frenar la obra, pero necesito tener datos que avalen mi corazonada. Por favor fijate si hay vestigios de ADN humano.

- ¿ADN humano? ¿No me dijiste que ese líquido sale de la pared?

- Sí, pero por favor verificalo.

- Pregunta: ¿Esto es oficial? ¿Va con informe?

- Si podés preferiría que en esta primera prueba quedara entre nosotros. Yo les pago el trabajo, no hay problema por eso.

- ¿Estás loco vos? Por los viejos tiempos, cortesía de la casa.

- Gracias Todesca. Te debo un vino.

- Te tomo la palabra, que sea acompañado de unas costillas a la parrilla.

- Hecho. Avisame cuando está.

Cuando Balame miró la hora eran ya más de las doce de la noche; desde las seis de la tarde, en que los operarios se retiraban, el tiempo había pasado volando. Entre que envió las muestras, copió las fotos en la computadora, las clasificó y armó un archivo con los datos de cada una de las grietas, se olvidó de cenar. A esa hora lo único abierto era la pizzería de Caseros y La Rioja, hacia allí se dirigió; una muzzarella con fainá le vendría muy bien. Después volvería a la construcción, hoy pensaba quedarse a dormir allí.

A eso de las cinco de la madrugada un grito agudo lo despertó sobresaltado. Venía del túnel, parecía cercano y a la vez profundo. Balame se había acostado a dormir en el andén de la futura estación, sobre unas mantas que tenía en su oficina. La cercanía con el túnel era inmediata, lo separaban apenas unos diez metros. Si bien se asustó, le costaba despertarse. Lo envolvía una sensación de “ya va a pasar, está todo bien”, abrió los ojos e inmediatamente los volvió a cerrar, entregándose a un profundo estado de sopor.

El segundo grito fue un aullido intenso, cargado de desesperación y dolor. Balame saltó de su improvisada cama; saltó realmente quedando parado mirando en dirección al grito, en dirección al túnel, en dirección a la grietas. Luego, a un profundo silencio que duró unos minutos, lo siguió un suave murmullo que comenzaba a brotar del túnel. A Balame le costaba escucharlo, tenía que esforzarse para llegar a percibirlo. Por momentos el murmullo cesaba, inmediatamente volvía a empezar y se hacía más intenso, luego disminuía y otra vez el silencio. El ciclo se repetía, siempre el mismo orden: silencio, murmullo suave que se incrementaba y disminuía, silencio.

Balame no pudo esperar más, tomó una linterna (el túnel estaba en penumbras y no quería encender las luces, para que lo que fuera que hacía esos ruidos no se escapara) y bajó del andén. Mientras caminaba en dirección a las grietas sintió que un hálito frío pasaba por su lado, rozándolo apenas. Eso lo estremeció y lo paralizó. Quería seguir caminando pero no podía moverse, sentía frío, mucho frío. Este estado duró unos segundos; quince, quizás treinta, imposible contarlos, al hombre le parecieron una eternidad. Cuando recobró el movimiento todo había terminado, no hubo más ruidos, ni aullidos, ni murmullos, ni aire frío; por el contrario, volvió a sentir el clima húmedo y cálido del túnel al cual estaba acostumbrado. Volvió al andén, eran ya las cinco y media de la mañana. En un rato amanecía, y en una hora y cuarto llegaban los primeros operarios. Decidió no dormir más, unos mates le vendría bien para ordenar sus ideas y acomodar sus sentires.

- ¡Ingeniero!

- Sí, acá. ¿Qué pasa?

- ¡Las… rajaduras! -dijo Maidana, mientras llegaba corriendo, entre jadeos cortos.

- Tranquilizate Maidana. ¿Qué pasa con las rajaduras?

- Que ya no están Ingeniero.

- ¿Cómo que no están? ¿Dónde no están?

- Donde estaban ayer. En el túnel.

- No me jodas Maidana.

Balame corrió hacia el túnel. Lo que decía el operario no podía ser realidad. El día anterior habían trabajado en el túnel profundizando las rajaduras, en busca de alguna respuesta; no podían haberse cerrado como heridas en la piel. La pared es de hormigón, el concreto no cicatriza.

- Véalo usted mismo Ingeniero, las rajaduras ya no están.

- ¿Cómo mierda…?

- Cuando bajamos, hace un rato, ya estaba así. Es como si a la noche se hubieran curado esas heridas de la pared.

- ¿De qué heridas me hablás? Eran rajaduras, no heridas.

- Con todo respeto Ingeniero, ¿qué diferencia hay? Heridas, rajaduras, ¿acaso no son lo mismo? ¿No pensó que la pared sangraba a través de sus heridas?

- No seas irracional, pibe. Las paredes no sangran. -Por más que Balame exteriorizara esta expresión, sus pensamientos navegaban por el carril opuesto. Desde los gritos de la noche anterior sabía que había allí algo con vida; quizás dentro de esas paredes.

- Con el Ingeniero Balame por favor.

- El habla.

- Buenas tardes, de Química del Sur. El Ingeniero Todesca le va a hablar.

- Gracias señorita.

- ¿Balame? Todesca habla.

- Hola. ¿Tenés los resultados?

- Si. Nada de ADN. El líquido es un hidrocarburo, aceite mezclado con kerosene. Encontré vestigios de gasoil.

- ¿Eso es todo?

- No, falta lo mejor.

- ¿Sí? ¿Qué más?

- Las muestras las puse en el espectrómetro anoche. Allí es donde se analizan. Cuando está el resultado final, saca una hoja impresa con los datos. Hoy cuando llegué, a eso de las ocho de la mañana, los resultados estaban impresos, pero los tubos con las porciones de la muestra que me trajiste estaban vacíos.

- Los habrá limpiado alguien del laboratorio.

- No, soy el único que tiene la llave del gabinete del espectrómetro. Nadie las pudo sacar, simplemente desaparecieron. Pero, hay más.

- ¿Qué más?

- El recipíente que me trajiste, con la muestra. Ahí quedaba la mitad, más o menos. También está vacío.

- ¿Qué? ¿Se evaporó? ¿Desapareció?

- Algo así Balame, algo así. Es raro, muy raro. Es como si de pronto todo se hubiera desmaterializado.

- Una pregunta Todesca ¿a qué hora empezó el aparato ese a analizar la muestra?

- A eso de las diez de la noche, y el proceso tarda unas siete horas, o sea que terminó a las… esperá, aca tengo la copia impresa, dice cuatro cuarenta y nueve. Antes de las cinco terminó

- Gracias Todesca. Te debo una.

- Una no, un asado, con tinto me debés.

¿Podría ser que todo desapareciera en el mismo momento? Las muestras, las rajaduras, todo se esfumó entre las doce de la noche (que fue la última vez que Balame vió las rajaduras) y las siete de la mañana (que fue cuando los operarios llegaron a trabajar y descubrieron que ya no estaban). Este horario coincidía con lo que le contó Todesca, ya que él dejó el análisis del líquido en marcha a las diez de la noche, el examen terminó antes de las cinco y para las ocho de la mañana las muestras ya no estaban. Podía concluir (a Balame le gustaba llegar a conclusiones certeras, vicio profesional tal vez) que tanto las rajaduras como la muestra del líquido desaparecieron en algún momento entre las cinco y las siete de la mañana. Pero esta conclusión no llevaba a ningun tipo de resolución, hasta allí podría saber. No tenía más datos, ni los podía conseguir. Las grietas ya no estaban, el líquido tampoco. La obra podía seguir adelante. Era un año de elecciones, también en el submundo sureño y amarillo.

A la memoria de don Pedro Balame.
2 de enero de 1939 – 29 de julio de 1969 (6:00 AM)

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